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Arquitectura para arquitectos

Añadido por dgd el 17 Diciembre 2009 – 15:11

Que situación tan extraña viví el otro día cuando, acompañado por unos clientes del estudio, decidimos realizar un pequeño tour para visitar edificios de similares características a uno que nos traemos entre manos. El fin del viaje era mostrar que las ideas que les proponíamos no eran tan novedosos ni tan arriesgados como ellos creían. Durante las visitas podrían comprobar que nuestros planteamientos ya se habían puesto en práctica anteriormente con bastante éxito. A juzgar por el espacio que los edificios a visitar ocuparon en revistas especializadas y los reconocimientos obtenidos, parecía que el éxito de nuestra estrategia era inevitable.

Comenzamos la visita acompañados por el propietario-morador de uno de los edificios en cuestíón. Me había preocupado de concertar una visita con esta persona y pensaba en él como un alíado para contar de primera mano las bondades de la buena arquitectura. La amabilidad de nuestro guía pronto tornó en confianza, y fue entonces cuando empezó el espectáculo. !Qué manera de desmontar un edificio y demitificar a un arquitecto!. Lo peor de todo es que tenía razón. Fue una crítica sin apenas poética, de frases cortas, pero demoledora en cualquier caso. El edificio no funcionaba de ninguna de las maneras, la escala no era la apropiada y los espacios más significativos parecían impuestos a una realidad que según nuestro guía era muy diferente.

Comentan Tuñón y Mansilla en algún escrito que los proyectos no tienen sólo un lugar físico, sino que también tienen otros lugares que denominan “paisaje intelectual”. Entre esos lugares (político, social, cultural,..) remarcan, no por ser más importante que los demás sino todo lo contrario, el de las obsesiones personales. ¿Qué ocurre cuando un proyecto ofrece respuestas a uno de estos lugares unicamente y olvida el resto?. Pues que el proyecto queda incompleto. Tal vez el peor de los casos es cuando el lugar que tiene respuesta es el de las obsesiones personales, o cuando éstas dificultan la percepción de la realidad, cuando el paisaje intelectual está distorsionado por una visión tendenciosa. Entonces es cuando el arquitecto percibe la inevitable sensción de que puede hacer lo que quiera, !vía libre para “crear”!, un buñuelo.

No había calibrado adecuadamente que el éxito de la obra en cuestión había sido proclamado por los propios compañeros de profesión. Tal vez es que compartimos muchas obsesiones, o es que la vida a este lado del paralex se ve de otro color.


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